Tumbada en la cama, con la cabeza entre las manos (siempre esas posturas extremas), pensando que la gente realmente no teme la lluvia; a alguno, al salir de la peluquería, les asusta, pero nadie tiene auténtico miedo de que no cese nunca, fluir continuo que lo hiciese desaparecer todo.
(Hay dos formas de mirar caer la lluvia, en casa, detras de un cristal. La primera consiste en mantener la mirada fija en un punto cualquiera del espacio y ver cómo se suceden las gotas de lluvia en el lugar eleguido; esta forma, relajante para la mente, no da idea alguna de la finalidad del movimiento. La segunda, que exige de la vista más agilidad, consiste en seguir con las ojos la caída de una sola gota hasta la dispersión de su agua en el suelo. Así es posible imaginarse que el movimiento, por fulgurante que sea en apariencia, tiende esencialmente hacia la inmovilidad, y que en consecuencia, por lento que pueda parecer en ocasiones, arrastra continuamente a los cuerpos hacia la muerte, que es inmovilidad. Olé! )
A mi, ante mi ventana, debido a una confusión justificada por el temor que me habían inspirado los distintos movimientos que se desarrollaban ante mis ojos, lluvias, desplazamiento de hombres y vehículos, si que me ha atemorizado el mal tiempo, cuando era el fluir del tiempo, una vez más, lo que me había horrorizado.
viernes, 26 de diciembre de 2008
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